La educación de las emociones es una responsabilidad personal.

No es conveniente guiarnos por lo que sentimos

Por alguna razón, fui a parar a aquella clase de arte en el salón de usos múltiples del Instituto Provincial de Adicciones, uno de los principales centros de atención a personas con trastornos de consumo de drogas en el interior del país. Allí trabajaba yo. En ese momento, le escuché decir a quien estaba al frente de la clase:
“Dejen fluir sus emociones. En la vida, si hacen lo que sienten, siempre les irá bien, sus emociones serán el camino a seguir”.
En ese momento, me di cuenta de que esa persona debía ser un excelente artista, pero un pésimo consejero. Esos jóvenes estaban en ese lugar por haber hecho lo que sentían.

¿Quién no quiere hacer lo que siente? “Hacé lo que sentís, no te vas a equivocar”, dice una frase de manera poética. ¿Será esta la fórmula que todos buscan? ¿Acaso alguien puede decir que es cómodo hacer lo que se siente?

Es lamentable, pero eso solo funciona en las películas —ya escribí sobre esto en mi libro Aprender a sentir. Es verdad, es muy poético para libros y canciones, pero en la vida real, la gente se muere por tomar frases como esta de modo literal.

“La verdad es que no tenía ganas de tener a mi hijo y me hice un aborto, lamentablemente quedé estéril”, me dijo una mujer en el consultorio.
“Cuando salga de acá, voy a buscar a mi exnovia y la voy a obligar a amarme”, replicó otro.
En una oportunidad, un muchacho vino alcoholizado a la entrevista, sacó un cuchillo y me dijo: “Yo no quiero hacerlo, pero siento que debo matarte”.

¿Hacés lo que tu corazón te diga y no te equivocarás? La primera pregunta que tendría para esta pseudoasertividad es: si la fórmula es tan simple, ¿por qué la gente no tiene lo que proclama? ¿Tal vez podríamos decir que la gente no busca lo que siente?

La deserción escolar, la violencia doméstica, la inseguridad social, los intentos de suicidios ¿son expresiones de los que no se sienten? Por supuesto que no. El principal problema de nuestras acciones es que la gente que las ejecuta siente que debe actuar así. Ellos sienten que tienen razón, que deben hacerlo porque así lo sienten. ¿Diríamos que eso está bien porque lo sienten? Claro que no, nadie querría seguir viviendo así. ¿Entonces?

Las emociones se pueden disimular, pero no evitar. Muchas veces actuamos en base a las circunstancias que nos hacen sentir emociones. Por ejemplo, la publicidad es una gran manipuladora de emociones: compramos cosas que nunca nos hicieron falta, pero se veían tan lindas en los avisos que creímos que sería bueno tenerlas y comenzamos a sentir deseos de comprarlas.

Las adicciones se producen como consecuencia de buscar estados emocionales diferentes. La sobreventa mundial de psicofármacos, calificada entre las primeras industrias multimillonarias, es producto de aquellas personas que quieren sentirse diferente, pero no saben cómo hacerlo. Gente que se lastima, porque quiere cambiar su manera de sentir. Gente que lastima a otros, porque así lo siente. Pareciera que la gran mayoría estuviera sumida en un estado psicológico plenamente manipulable.

Las emociones son fáciles de manipular. Podemos ver una película dramática y lloramos todo el tiempo; pero si en la película aparece una escena cómica, comenzamos a reír. Si nos dan dinero, nos ponemos felices; si nos quitan dinero, nos enojamos.
¿Será que es una buena idea movernos por la vida dejando que nuestras emociones dirijan todas nuestras decisiones, aun cuando sabemos que otros pueden manipularnos para que sintamos de una u otra forma? ¿Será que no hay nada para hacer?

La educación de las emociones es una responsabilidad personal, nadie puede educar las emociones de otro. “Mi hijo no quiere venir, pero yo puedo venir por él”, me decía una madre que quería ayudar a su hijo a salir de la depresión. Esto no es posible, porque se requiere que sea la persona la que produzca modificaciones en su sistema de valoraciones.

Extracto del libro “Vivir sin ansiedad”